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De dudas y certezas.

Los instantes reveladores llegan cuando menos te esperas que se revele alguna verdad. Andan por ahí, las grandes verdades, escondidas detrás de simpáticos arbolitos o morrudas piedras….nos ven en el acontecer diario caminar rengueando la duda.

Ven en nuestra cara el agridulce sabor de la incertidumbre. Ese gesto de quien tiene como “en la punta de la lengua” una existencial certeza de algo que sabe y que no sabe a la vez.

Tienen las grandes verdades el don de dar vuelta una vida por completo, por eso aguardan, por eso esperan. No tienen problemas de reloj, ni de ansiedad, caminan cerca pero a paso lento, justo esperando el momento en que estemos listos. Tal como cuando suena el timbrecito del horno, ni antes, ni después.

Y cuando llegan, y cuando por fin aparecen, cuando vemos eso que teníamos al frente y nos rehusabamos a ver, la puerta ya no puede volver a cerrarse. Tal como cuando alguien nos señala el tic de otro y ya no podemos dejar de notarlo nunca más.

La verdad llega para quedarse y con la condición muda, y no negociada, de que nos hagamos cargo de ella.

Entonces de repente uno puede sentir el alivio de ya no tener dudas, pero a la vez la responsabilidad de saber con certeza que cada segundo apremia la toma de decisiones que sean coherentes con esa verdad. Y esa siempre, es la parte mas difícil.

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La ruta se aprestaba fértil y verde…

Las intermitentes lineas blancas se volvían puntos suspensivos en esa continuidad entre una ciudad y la otra…

El tener el control de la situación, hacía el viaje menos introspectivo que la cuestión de los bondis.

Sin embargo no por eso menos profunda y catártica

Las gotas de agua, ya tan cotidianas como el aire mismo, jugaban a patinar en los cristales variando su caída con la velocidad del tablero…

Se la comía el paisaje

Capaz era de esas pocas veces que no pensaba en nada más que en lo que sucedía bajo sus pies y manos

Si, manejar es una de las metáforas más tangibles de lo que implica ser responsable de la vida de uno.

Alguna vez se lo habían dicho, en ese instante parecía entenderlo.

Tenía una cuestión con el espejo retrovisor…

Ahí si que no se que metáfora se jugaba en mirar pa atras, o dejar atrás o que se yo.

La cosa era que cada tanto, entre marcha y marcha relojeaba

 

En eso aparece ahí,

sentado en el asiento de atrás mirandola fijamente.

Decide no asustarse. Hablábamos antes de esto de tener el control de las cosas.

De última, sea lo que fuere que lo había puesto ahí, no se iba a modificar de pronto, andando en quinta por una ruta incierta…

Mirandolá fijamente, paso la mano entre los asientos y por sobre sus dedos acompaño cada movimiento en los cambios…

La piba hacia un sobrehumano esfuerzo por no caer en la tentación de responder a ese físico estimulo, sin embargo todo en su piel comenzaba a exaltarse

Es imposible, se repetía, claramente estoy solo viendo lo invisible…

Él paso su otra mano por el otro costado del asiento y acaricio su frente…

Ella seguia atendiendo a la ruta, los sonidos del auto se habian apagado para que solo pudiese sentir el incremento del fluir de su sangre

Miedo, locura, una excitación total.

Reconocía en su piel los restos de su perfume, seguia sin tener sentido…

y de a poco, como si cada instante fuera una grieta en los tiempos el bajo su mano hasta tapar sus ojos.

Y se fusionaron en un instante él, ella, la ruta y quien venia a buscarla…

La sensual muerte…

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Artificial luz

A veces solo recuerdo un colectivo. Sus blancas y pálidas luces arruinando la fotogenia de los viajantes, solo para recordarnos que eso de tener auto propio es un privilegio que algunos no podemos darnos. Recuerdo que en el asiento en diagonal a nosotros venia una mamá y una nena, volvían de ese feriado con la alegría de quien retorna de un viaje añorado. Probablemente solo habían cruzado algunos barrios de la capital para dejar la jaula del séptimo “A” y desparramar en el verde todo su encanto.

Ellas estaban felices, nosotros no.

Estaba apoyada en vos, en tu pecho. Meditando oscuramente la decisión inevitable como si fuera un crimen por encargo.

En otro asiento un pibe de remera verde relojeaba, fantaseando con la aparición de algún mercader que pudiese intercambiarle, por su sueldo del viernes, un romance como el que veía en nosotros. Plagados de juventud, echos un nudo en el colectivo urbano. Hermosos.

Pero tristes.

Nunca el barrio fue tan contradictorio. Capaz era la proyección de tu mirada en las paredes. Que felicidad la del restaurante de fajitas de la esquina. Que hondo y negro tu pecho.

Creo que hablamos de la cena, tal vez pasar por el chino por alguna cebolla infaltable. Alquilar un DVD, iban a ser necesarias algunas herramientas de distracción para no “hablar (mas)”.

Nuestros amigos habían visto el fin de una era, y ese día en la juntada de blanco sol de otoño, le guiñamos el ojo a un par anticipando el pasaje en bote, de oler el Iceberg que se avecinaba.

A lo mejor si una canción hubiera sonado, trayendo la magia de aquel diciembre a la piel.

Tal vez si nos hubiéramos permitido recordar la pura sensación de aquella siesta de lluvia, en la que nos caímos en cada charco muertos de risa.

Si no hubiéramos conseguido el DVD, o nos hubiésemos guiñado el ojo entre nosotros.

Capaz si algo de lo que no sucedió sucedía, o no sucedía lo que si paso…la despedida no hubiese tenido para siempre ese sabor a blanca luz de colectivo….

 

 

 

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De líneas azules

Con el celular en la mano a una ,distancia de los ojos bastante poco prudente, intentaba enfocar la vista para encontrarla en la lista de contactos. Podría haber ido a los mensajes recientes teniendo en cuenta la cantidad de aceite que había perdido en las últimas horas tratando, nuevamente, de encontrarla. Pero las neuronas se habían escapado hace ya algunas horas cansadas de tanto maltrato sustancial.

Dos lineas azules le atravesaban el iris, como nunca antes lo habían hecho. Que había sido diferente esta vez de cada otra vez? Le sangraban las ideas y la impotencia mientras estrujaba el plástico celular pendiente aún de que lo que estaba aconteciendo sea alguna clase de error de los satélites de claro.

“en linea” y la e que de tanto mirarla parece la a al revés, pero nada cambiaba. No había respuesta alguna. Empezaba a esbozar inutiles posibles respuestas, se entredormía y soñaba que el mensaje llegaba, no, no pasaba nada.

Hacía una hora atrás tenía el relaje de quien puede tirar de una soga que esta plagada de elásticos y soporta todo peso. Saltaba de cualquier montaña, sabiendo que aparecía de algún lado a abrirle el paracaida, se prendia fuego con todo porque le llenaba de agua el dolor, siempre llegaba, perdonaba, estaba. Hoy no.

Empezaba una nueva era, una que provoco miles de veces, para la que no sabía que no estaba listo, el tiempo de un celular que no le dice más nada.

 

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Una guardia más, otra vez la blanca luz de sanatorio insulso, plagado de batallas invisibles de lavandinas y gérmenes que la miraban tragarse el miedo en el horizonte. Se repetía una y otra vez que a todos nos toca cargar una cruz y con eso se hacia la que lo tenía resuelto. Sin embargo lo único que había logrado resolver en todos estos años era el “hacer de cuenta que no pasaba nada”. Y si, resultaba la mayoría de los días.

Pero no “esos” días, aquellos en los que un pinchazo al interior de su cuerpo alertaba de nuevo a cada célula, acerca de que la cascada de dolor e incertidumbre podía desatarse de nuevo.

Anónimos médicos, pensando en las cuentas que tienen que pagar, o en si cerraron bien la puerta de casa, no pueden dimensionar las batallas que ella tuvo que lidiar para sentarse ahí a escuchar la sentencia “esta todo bien, o esta todo mal de nuevo”.

Le apresaba igualmente la ironía de saber que su cruz, era de pluma al lado de la de muchos que llevan en su piel enfermedades sin pronósticos bondadosos. Sin embargo, el egoísmo de dejarse arrastrar por el dolor, se volvía inevitable cuando volvía a pasar por su cuerpo el miedo que sintió aquel lejano día sentada en una guardia, cuando estaba a posibles horas de perder aquella hermosa capacidad para siempre.

Son muchos los calendarios que amontona en su espalda, sin tener idea de cual será el día en el que por fin su destino tome una decisión Sea cual sea el camino que la ruleta decida, tiene certeza de contar con un colchón de brazos de amor sobre los cuales amortiguar el dolor para curar. Son aquellos que se han ido sumando uno a uno en estos diez años para levantarla cada vez que el dolor no la dejaba volver a tener fé…

Será que a todos nos toca convivir con el fantasma cercano de lo que mas tememos perder. Será que la omnipotencia humana solo entiende lo humilde que es en relación a un eterno universo, al ver en sus manos controles que se deshacen como polvo en los pasillos de algún hospital….

Otro fin de año de dolor y miedo, que tiene que reconvertirse, a fuerza de amor y fe, en solo una anécdota agria, en una historia que va a tener (algún día) un final feliz.

 

 

 

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Un día de Marzo…

              Ofuscado volví del mercado con una bolsa de verduras que no me satisfacía, no sabia si con el tiempo había perdido la capacidad de seleccionarlas o si tenía un secreto don maléfico que las avejentaba con solo acompañarme en la bolsa de camino a casa. Tenía el perfume de esas semanas donde todo estaba listo para complicarse de más. Como cuando las cosas parecen haberse juntado en reunión en la pieza de al lado, hablando bajito y no justamente para organizarte una fiesta sorpresa.

Las calles parecían haberse vuelto mas angostas, no entendía como arquitectonicamente eso podía haber ocurrido, pero esboce una hipótesis acerca de la humedad y la persistente lluvia de los días que habían pasado ¡Porque me queda tan chica esta calle, o tan grande este auto, o tan bajo este techo! Baje del auto refunfuñando por la incomodidad y me pregunte en mi mente si a la ropa la había lavado en agua caliente porque definitivamente no estaba cómodo adentro de nada.

Lo mire al Toby, mi callejerito amigo que siempre podía presentir que tenía un complicado día para doblar la dosis de lenguetazo en la cara. Anticipándose a la tormenta como madre que huele a horas la lluvia y sale a juntar la ropa de sus crías. Sin embargo, ni el radar del Toby se ajustaba a que algo mejore mi día, y desde lejos me miro solo levantandando sus ojos, sin despegar la cabeza de sus patas, dandome a entender que no se iba a mover de esa placida sombra que lo estaba abrazando.

Podía, en un humilde acto de introspección reconocer que el quilombo de afuera podía llegar a tener que ver (tal vez) con lo que pasaba en el misterioso cuarto que habita “detrás de mis ojos”. Pero aunque hacia días que sabia que algo no andaba bien, no tenia mucha idea de que era lo que se había escapado de su estante, así que deje automáticamente de pensar en eso.

Mientas almorazaba algo medio pelo que había encontrado en la heladera, y por mis ojos se reflejaban los celestes colores del triste noticiero, pensaba en que la hora de ir a buscar a la Nina ya se acercaba y se me acelero el corazón. Los planes de entretenerla eran todo un desafío, añoraba cuando se arrastraba en pañales por ahí, porque aunque siempre tenia que sacarle algún bicho de la boca, o lavarla cinco mil veces antes de llevarla, no tenia que ver en su carita esos ojos que se daban cuenta de que acá pasaba algo.

Con los bloquecitos a mano y alguna que otra plastilina me dirigí a la casita amarilla de la calle Franklin, frene, respire, trague y baje a buscarla.

Los bucles de sus dos colitas caían sobre un aire embellecido por su piel, tenía los ojos de la miel, y la nota de su voz era la mejor canción. Trate de no apretujarla tanto porque siempre me retaba de que la iba a romper de abrazos y levantando la mano para saludar a una ventana, nos fuimos.

El parque parecía ser el mejor escenario para esa tarde de marzo, a veces tenia miedo de llevarla a casa y que se le pegara la tristeza del aire y le griseara ese arco iris que era su risa. Eran fotos eternas las que sacaba mi mente en esas escasas horas en las que podía disfrutarla, de acuerdo a lo que los abogados habían determinado que había quedado de dignidad en mi tras la perdida de trabajo y la ganancia de sustancias tras la separación.

Me colgué un instante mirandola, casi sin respirar, y como si una brisa de luz entrara por la ventana oscura de mis ideas, agarre el celular y vi mi calendario. Hoy hubiésemos cumplido cinco años con Anita. Y entendí porque me dolió el despertador, la compra, el auto, y las calles, y Toby, y la ropa, y el tele. Todo me había dolido menos Nina, que era lo más parecido al tesoro que había dejado ir…

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Los Rotos

Va aquí mi humilde homenaje a los rotos…


Héroes cotidianos, sobrevivientes de las peores muertes de la subjetividad. Heridos de balas de palabras, que juntaron sus pedazos y decidieron rearmarse lamiéndose en rincones o expuestos a las miradas ajenas, algunas de las cuales esperaban ansiosos su derrota…

Acá va un grito de luz, que reivindique la valentía de quienes aún muertos en vida deciden resucitar….encontrando los motivos que faltaban o inventándolos hasta que aparezcan de nuevo…

Van letras de ladrillo, que permitan pedestales a las emociones primitivas…Aquellas que en los días que corren nos quieren arrebatar los códigos binarios, las emociones en caritas amarillas, las hachas gruñendo cerca de nuestros bosques, las pantallas llenas de mentirosos payasos que venden noticias…

Que los rotos se abracen! Que es más fácil caminar de rengo cuando alguien te pone el hombro…

Que los rotos sean los que copen la parada, que cuenten que fue lo que les paso, como las heridas que los atravesaron los transformaron en sabios y dolorosos cuerpos-libros de aprendizajes…aquellas heridas que les regalaron a veces, el mejor souvenir de amor que a alguien se le puede dar…el consejo….

Lloremos por los que no se rompieron (o creen no haberlo hecho), los que miran la vida estéril, con una sonrisa sopapeable, con palabras tibias y predecibles, con vínculos de papel manteca…

Les contemos que va a estar todo bien, que el día que se rompan será el día del milagro de saborear la salada pasión de saber que vivir es sangrar tajantemente…

Si, rómpete, deja que te rompa el pecho la emoción que callaste, deja que te parta al medio la angustia que se ata a la garganta cada vez que miras el mundo con ojos de los que salen los hilos que sostienen esa sonrisa que ya se cae…

Mira alrededor y decime a quienes admiras, que vidas cambiaron la tuya y decime, contame, si no fueron los rotos los que te salvaron tantas veces…

Que este mundo se amigue con la idea de reivindicar la rotez, solo así será un mundo en el que aprendamos de la sabiduría del otro, solo así, cuando nos rompamos nos va a ser más plausible pararnos, solo así aprenderemos de la humildad que nos robo la soberbia de creernos enteros…

Y si un roto te da asco, vergüenza, y si sos de los que descuidan en su plástico mundo a quien sufre, a quien se enoja…Si desprecias a aquel a quien alguna emoción lo tomo de sorpresa y se comporta “no tan correctamente como vos crees”, que no te sorprenda si nadie puede verte el día en que por fin aprendas a ver….